El sábado por la noche, en Filadelfia, Francia venció a Paraguay por 1-0 y se clasificó para los cuartos de final del Mundial gracias a un penalti de Kylian Mbappé (minuto 70). Pero este partido pasará a la historia sobre todo como una demostración: la de la impotencia disciplinaria del fútbol, expuesta ante los ojos de todo el mundo.
Recapitulemos lo que han documentado las crónicas de prensa. Mbappé fue derribado por Cubas (minuto 34), lo que provocó un tumulto general. Un codazo de Galarza al capitán francés, lejos del balón (minuto 39). El mismo Galarza golpeando a Koundé cuando este no tenía la posesión del balón, fuera del campo de visión del árbitro Tantashev. Cáceres encadenando entradas tardías, sin recibir nunca ninguna amonestación. Balance para Paraguay: ninguna tarjeta por estas acciones. ¿La única tarjeta amarilla destacable de la noche por estos incidentes? Para el francés Michael Olise, culpable de haber empujado a Galarza. Parece una parodia.
Y ahora, la pregunta incómoda: ¿qué va a pasar con Galarza? Con toda probabilidad, nada. El fútbol cuenta sí con una disciplina retrospectiva, pero es la excepción, no la regla —por lo general reservada a los casos en los que los árbitros no han visto ni gestionado absolutamente nada, y que se aplica caso por caso, sin un órgano específico que analice sistemáticamente cada partido. Así pues, un jugador puede golpear a un rival lejos del balón en unos octavos de final del Mundial y seguir con el torneo como si nada hubiera pasado; si su equipo se hubiera clasificado, probablemente habría sido alineado en la siguiente ronda. El VAR, presentado desde 2018 como la revolución de la verdad, no tuvo nada que objetar el sábado: el protocolo se centra en los goles, los penaltis y las tarjetas rojas directas señaladas, no en la guerra metódica lejos del balón que desfiguró este partido.
El rugby resolvió este problema hace treinta años
Esto es lo más abrumador para el fútbol: la solución existe, está documentada, funciona y tiene treinta años. Desde el paso al profesionalismo en 1996, cada partido de rugby de alto nivel es supervisado por un árbitro independiente: el comisario de citaciones.
Su mandato, establecido por la Regla 17 de World Rugby, se resume en una frase: tratar las acciones desleales que hayan pasado desapercibidas para los árbitros durante el partido, o que no hayan sido sancionadas con la severidad que merecen. Tras cada encuentro, revisa las imágenes —desde todos los ángulos, incluidos aquellos que nunca se emiten en televisión, y que puede solicitar a la cadena—. Los equipos pueden señalarle incidentes. Si una acción supera el «umbral de la tarjeta roja» —el árbitro habría expulsado al jugador si hubiera visto lo que muestran las imágenes—, el jugador es «citado», normalmente en un plazo de 48 horas, y comparece ante una comisión disciplinaria independiente. Exactamente igual que si hubiera recibido una tarjeta roja en el campo. ¿El árbitro no ha visto nada? No importa. ¿Ha terminado el partido? No importa.
Pasemos el partido del sábado por este filtro. Un codazo asestado lejos del balón, en el rugby, es juego desleal caracterizado (Regla 9: golpear a un adversario), la acción típica que da lugar a una citación. Galarza habría pasado el domingo preparando su comparecencia, y una suspensión firme, calculada en semanas según la escala del Reglamento 17, habría puesto fin, con toda probabilidad, a su participación en el torneo. Las repetidas faltas tardías de Cáceres habrían dado lugar, como mínimo, a una advertencia del comisario de citaciones (CCW), que se habría registrado en su expediente y habría agravado cualquier sanción futura. Tres de estas advertencias o tarjetas amarillas acumuladas en una competición, y hay audiencia.
También durante el partido, la comparación es cruel. El árbitro de vídeo del rugby (TMO) puede señalar por iniciativa propia una acción antideportiva que el árbitro central no haya visto. World Rugby incluso ha añadido en los últimos años una revisión de vídeo durante el partido que permite recalificar una tarjeta amarilla en roja a posteriori. El fútbol, por su parte, ha creado un VAR deliberadamente miope: capaz de medir un fuera de juego al milímetro, pero ciego por protocolo ante un codazo en las costillas a veinte metros del balón.
Una elección, no una fatalidad
Que nadie alegue la complejidad. El rugby es un deporte de combate colectivo en el que los puntos de contacto polémicos se cuentan por decenas en cada partido —y, sin embargo, consigue que este sistema funcione, incluso en la Copa del Mundo. El fútbol, donde las jugadas de este tipo son mucho más escasas y mucho más identificables, no tendría ninguna dificultad técnica para instaurar un comisario de sanciones. Si no lo hace, es una elección.
Y esa elección tiene consecuencias visibles: el sábado, un equipo pudo construir toda una estrategia de juego sobre una apuesta cínica —lo que el árbitro no ve no cuesta nada— y esa apuesta estuvo a punto de dar sus frutos. En el mundo del rugby, este cálculo es irracional: el vídeo te pilla durante el partido, la sanción te pilla después. En el fútbol de 2026, sigue siendo perfectamente rentable.
Mientras golpear a un rival lejos del balón siga sin tener consecuencias siempre que el árbitro mire hacia otro lado, se repetirán noches como la de Filadelfia. El rugby marcó el camino hace tres décadas. El fútbol, por su parte, sigue mirando hacia otro lado —como su árbitro el sábado por la noche.